jueves, 9 de diciembre de 2010

Un derecho inviolable

Enrique Galván-Duque Tamborrel

octubre / 2005

La Modernidad se ufana de sus conquistas en el ámbito de los derechos humanos. El ser humano, por el mero hecho de serlo, posee la dignidad de persona; es decir, de un ser que es siempre fin en sí mismo y nunca medio para otra cosa. La sociedad, y la autoridad política, se pervierten y deslegitiman cuando pierden de vista su misión de ser garantes de los derechos de la persona.

Entre los ataques más lacerantes contra el ser humano se cuenta el recurso al aborto provocado. El aborto mata, daña, corrompe. Es letal para el niño aún no nacido. Es contrario a la vocación de los padres de alumbrar y cuidar la vida de sus propios hijos. Es un cáncer que se introduce en la sociedad, al hacerla sorda y muda ante el gemido de los más débiles.

No se concibe una sociedad civil y una legislación que cierre los ojos ante la gravedad del aborto. Mucho menos aún, una sociedad y una legislación que desampare o que incluso directamente promueva la eliminación de seres humanos inocentes aún no nacidos.

Si el aborto no sólo no se persigue como lo que es, un delito gravísimo, sino que se tolera o se fomenta, el Estado se convierte en un Leviatán hipócrita, que dice defender a sus ciudadanos, cuando, en realidad, dictamina, de modo caprichoso, que no todos son iguales. En función de diversos intereses, unos serán considerados dignos de vivir y otros no. El ser humano se convierte en juez y verdugo de si mismo.

Las intervenciones sobre el embrión humano, cuando no están orientadas a defenderlo, a cuidarlo y a atenderlo médicamente, son de igual modo un atentado contra la dignidad humana. Un diagnóstico de una malformación o de una enfermedad no debería equivaler, en un mundo civilizado, a una sentencia de muerte.

Mucho trabajo queda por hacer en la tarea de concienciarnos todos del deber de defender la vida. No deja de ser patético que aquellos que se autocalifican como "de izquierdas", como defensores de los débiles, sean los primeros que están dispuestos a dar un sí, con su voto o con sus propuestas legislativas, a la eliminación violenta de tantos seres humanos.


Todo bajo control


Enrique Galván-Duque Tamborrel

octobre / 2005

Muchos tenemos el deseo de controlar el presente y el futuro, y hacemos todo lo posible para lograr esta meta.

Preparar bien los detalles de un viaje, ir a una revisión médica, hablar con un experto de negocios para que nos ayude a invertir bien nuestro dinero, evitar los peligros de un accidente o de un robo. Son actos que realizamos para que no nos sorprenda un imprevisto, para que un mal paso no ponga nuestra vida, débil, frágil, vulnerable, en situaciones que quisiéramos ver lo más lejos posible de nuestro camino cotidiano.

Pero la vida nos sorprende. Escapa y corre mucho más allá y más rápido que nuestras previsiones. Aquel médico que nos dijo que todo estaba bien no pudo prever que al salir del hospital caería sobre nosotros una garrapata de esas que provocan enfermedades muy molestas. El psicólogo que certificó la salud emocional del hijo no había sido capaz de descubrir lo que iba a iniciar cuando un grupo de amigos le invitasen a aspirar un poco de hachís. El amigo que nos aseguró que este banco era seguro al cien por cien no pudo imaginar que al ir a llevar nuestro dinero a la sucursal nos iban a recibir no los cajeros, sino unos ladrones "profesionales" y bien armados.

No se trata, desde luego, de ver peligros en todas partes, ni de dejar de tomar precauciones para evitar males que, con un poco de atención, podemos alejar de nuestras vidas. La previsión y el análisis atento de la realidad son parte de la virtud de la prudencia, esa virtud que los filósofos consideraban la reina de las virtudes, pues todo lo demás depende de ella.

Pero también es parte de la misma prudencia y del realismo de la vida el reconocer que hay una enorme cantidad de eventos y de cosas que escapan a nuestro control. Como también es realismo abandonar cualquier obsesión quisquillosa que nos paralice precisamente porque queremos tener todos los hilos en la mano, todo bajo control.

Hemos de reconocer esta sencilla verdad: no podemos tener todo bajo control. La vida en la tierra, por su misma naturaleza, nos lleva al riesgo y a la aventura, a lo imprevisible, a lo inesperado. También, hay que decirlo, con sorpresas felices: aquella enfermedad que para la medicina era incurable, de repente ha dejado de existir. La falta de dinero en la familia se soluciona (a alguno le tiene que tocar) con el premio de la lotería. Y un amigo nos avisa que están buscando un nuevo empleado en esta empresa, precisamente dos días después de que nos dieron de baja en nuestra oficina de trabajo.

Detrás de lo imprevisible, detrás de las mil sorpresas de la vida, sigue la mano de Dios. Un Dios que es Padre, que nos hizo, que nos llama, que arriesga mucho con cada vida humana. Un Dios que me conoce y que me invita a la confianza. Aunque muchas cosas no estén, según mi pobre punto de vista, bajo control.

Dios sabe por qué pasa lo que pasa. A mí me pide poner lo que esté de mi parte para que todo salga de la mejor manera posible, y confiar por completo en Dios para dejarle llevar adelante el trayecto de mi vida.

La última palabra se escribirá cuando el corazón se pare y llegue, irremediable, la muerte. Será una palabra de amor y de esperanza, será un encuentro con un Dios que tenía "todo bajo control", discretamente, misteriosamente, con un amor que supera en mucho todas las ilusiones humanas.


¿Somos verdaderamente demasiados sobre la tierra?

Enrique Galván-Duque Tamborrel

octubre / 2005

En geopolítica, uno de los factores de dominio mundial es el control de la población, dato que ha interesado siempre a los estadistas, fundamentalmente a los de este siglo que termina. ¿La razón? En poco menos de 70 años hemos vivido dos revoluciones demográficas de tal calibre, que las relaciones de poder entre los Estados pueden dar un giro imprevisto en cuestión de pocas generaciones como explica Gérard François Dumont, profesor de la Sorbona y presidente del Instituto Demográfico de París, la población mundial experimentó un avance fundamental durante el siglo XX: de 1.634 millones de personas contabilizadas en 1900, según los datos más fidedignos, al término del año 2000 pasamos de 6.127.

Este gigantesco salto en la población (un 375%) es único de nuestro siglo, y es lo que ha permitido hablar de superpoblación, si los datos se toman en términos absolutos, y no relativos a los avances tecnológicos.

Pero, asevera el profesor Dumont, de manera simultánea, las últimas décadas del siglo XX están marcadas por un segundo fenómeno extraordinario, sin precedentes en la Historia: un descenso de la fecundidad a niveles inimaginables en el cuadrante más desarrollado del planeta. La causa, según el investigador, es un cambio en el comportamiento humano, que él ha bautizado como El mito de Cronos, y cuyas tesis expone en un ensayo homónimo, editado en España por Rialp, y que él mismo resume de esta forma:

El epicentro de la causalidad parece ser la pérdida del sentido de continuidad, el refugio permanente en el instante. Según la mitología griega, ésta era la actitud adoptada por Cronos, el cual, para que nunca pudiesen sucederle, se iba ofreciendo un festín en el que devoraba a sus propios hijos, convencido de que la ausencia de un sucesor convertiría su reinado en eterno y mantendría su poder intacto. En la actualidad, y a semejanza de Cronos, parece que las poblaciones de las sociedades más industrializadas no quieren dejar que los jóvenes ocupen su lugar. ¿Acaso piensan que, restringiendo la fecundidad, se podrán frenar los efectos del tiempo?

Gary S. Becker, Premio Nóbel de Economía, afirma al respecto: La teoría maltusiana no se sostiene ante ninguna prueba; más bien, se han verificado circunstancias que demuestran lo contrario, o sea, que el crecimiento de la población ha sido fundamental para el crecimiento económico.

Los documentos finales emanados de las Conferencias de las Naciones Unidas en El Cairo y en Pekín desatan muchos temores sobre el crecimiento de la población, pero yo sostengo que estos temores son injustificados. No hay pruebas de que el crecimiento de la población haga declinar el crecimiento económico, al contrario, el crecimiento de la población es un factor importante del crecimiento económico. Es necesario establecer un vínculo optimista y no pesimista sobre el crecimiento demográfico, dado que las teorías de Malthus han demostrado su inexactitud y su poca fiabilidad.

El hambre como excusa

El Papa Juan Pablo II, en su discurso ante la FAO en 1996, precisaba también: Sería ilusorio creer que una estabilización arbitraria de la población mundial, o incluso una disminución, podrían resolver directamente el problema del hambre.

Como han denunciado los expertos y la Santa Sede en más de una ocasión, el control de la población con la excusa de acabar con el hambre esconde una mentalidad imperialista que quiere controlar y aliviar la presión demográfica que los países pobres ejercen cada vez más fuertemente hacia un Occidente envejecido. Según Dumont, discípulo del famoso demógrafo francés Sauvy, el esquema de la extinción de las civilizaciones desaparecidas siempre ha sido el mismo: descenso de la natalidad, envejecimiento, declive y decadencia. La clarividencia nos obliga, pues, en primer lugar, a conocer los hechos, es decir, la realidad del invierno demográfico europeo.


¿Qué siente Dios?


Enrique Galván-Duque Tamborrel

octubre / 2005

¿Qué siente Dios al posar sus ojos sobre nuestro planeta? ¿Qué hay en su corazón cuando ve la generosidad y el egoísmo, la honradez y la perfidia, la caricia y el cuchillo, el beso por amor y el beso lleno de vicio?

¿Qué siente Dios ante la guerra, la enfermedad? ¿No sufrirá al ver a una niña que es vendida en un prostíbulo, a un joven que destruye su vida y la de su familia con la droga, a un adulto incapaz de ser fiel a su palabra, a un anciano que es olvidado por los suyos?

Nos cuesta comprender por qué tanto dolor, tanta amargura, tanta lágrima aparentemente sin sentido. A veces sentimos que Dios nos ha dejado, que ya no camina por el mundo, que ya se olvidó de esta su creación.

¿Podemos ver los ojos de Dios en nuestro mundo? ¿Podemos sentirlo cerca, como Abraham, como Moisés, como María? ¿Podemos mirarlo y sentir que sigue aquí, a pesar de sus "silencios", a pesar de la agonía de tantos hermanos nuestros?

Dios no se ha ido, no nos ha dejado. Está presente y nos mira. Nos mira con los ojos de su Hijo, nos acompaña con su presencia en el Sagrario, nos ilumina con la fuerza del Espíritu.

Dios sigue entre nosotros, en el camino, en los actos de Jesús, su Hijo amado. Los niños se acercan a Él, los pecadores se sientan a su mesa. Pedro, tras su pecado, llora al cruzarse con los ojos del Maestro. Una mujer adúltera redescubre su dignidad, siente que el amor perdona los pecados, que hay ojos que respetan y aman. Una enferma sabe que puede ser curada sólo con tocarle. Y la Virgen, que es Madre, que es perfecta, que ama como nadie, no duda en susurrar: "Id a buscar a mi Hijo".

El dolor puede ser distinto, puede tener sentido, puede estar lleno de presencias. Dios no es indiferente a nuestras penas. Sufre con nosotros, nos sostiene con su mirada de cariño.

Dios está presente en nuestra historia. Con una presencia crucificada, casi de derrota. Pero con un amor capaz de vencer el mal de este mundo. La esperanza ilumina el lecho de una mujer tuberculosa, mientras un viejo borracho llora y promete, una vez más, que será bueno, que abrirá su corazón a la misericordia, que dará una alegría al Dios que a veces llora a nuestro lado.

Dios es amor y siempre está con nosotros, somos nosotros los que lo abandonamos. Voltead a El y siempre lo encontrarás.


¿Para quién son las uvas?


Enrique Galván-Duque Tamborrel

octobre / 2005

En una aldea remota de la India donde casi no se conocen las frutas, un niño le hizo cierto trabajo a una señora y ésta, en retribución, le obsequió un hermoso racimo de uvas. El chico acarició entre sus manos el racimo. En esa tarde calurosa ¡cuán bien le venían esas uvas! pero el niño pensó: "Mi padre está trabajando en el campo y estará cansado y sediento. Le voy a llevar las uvas a él".

El padre las recibió con mucha alegría, pero pensó: "Las guardaré para mi hija, para cuando me traiga la merienda. Ella está un poco inapetente y quizás las coma con agrado".

Cuando la chica recibió el racimo de manos de su padre, dio un grito de felicidad. Pero de regreso a su casa, durante el trayecto se dijo para sí: "Guardaré estas uvas para mi madre, porque la pobre está tan cansada, y tan pocas veces podemos comer fruta...".

Aquella noche, cuando la humilde familia terminó de cenar, la madre anunció: "¡Tengo una sorpresa de postre!" Y al instante colocó sobre la mesa aquel hermoso racimo de uvas que ninguno había comido durante el día.

¿Qué fue lo que indujo a cada miembro de esa familia a no comer el codiciado racimo, sino el amor del uno para con el otro?

¿En qué otro sitio mejor que en el hogar podría y debería expresarse el amor? En el mundo exterior podrá haber violencia, egoísmo y frialdad, pero en el refugio cálido del hogar no podría faltar el afecto leal y profundo.

Sin embargo, lamentablemente, cuán a menudo los hogares carecen del ingrediente primordial del amor. Y las consecuencias no se hacen esperar. Mientras el amor construye el hogar y la vida de sus moradores, el desamor divide y desintegra a la familia.

Todos estamos de acuerdo en que hace falta más amor en la tierra. Pero ¿recordamos siempre que sólo cuando tengamos más amor en nuestros hogares, lo tendremos también en el mundo?

Debemos de considerar con corazón abierto esta reflexión, y vean de qué manera se puede acrecentar el amor en el seno de su familia".


No me impongas tu verdad


Enrique Galván-Duque Tamborrel
octubre / 2005



¿Existen valores absolutos?

Cuenta Peter Kreeft que un día, durante una de sus clases de ética, un alumno le dijo que la moral era algo relativo y que él como profesor no tenía derecho a "imponerle sus valores".

Bien –contestó Kreeft, para iniciar un debate sobre aquella cuestión–, voy a aplicar a la clase tus valores y no los míos. Tú dices que no hay valores absolutos, y que los valores morales son subjetivos y relativos. Como resulta que mis ideas personales son un tanto singulares en algunos aspectos, a partir de este momento voy a aplicar esta: todas las alumnas quedan suspendidas.

El alumno se quedó sorprendido y protestó diciendo que aquello no era justo.

Kreeft le argumentó: ¿Qué significa para ti ser justo? Porque si la justicia es sólo "mi" valor o "tu" valor, entonces no hay ninguna autoridad común a nosotros dos. Yo no tengo derecho a imponerte mi sentido de la justicia, pero tú tampoco puedes imponerme el tuyo...

Por tanto, solo si hay un valor universal llamado justicia, que prevalezca sobre nosotros, puedes apelar a él para juzgar injusto que yo suspenda a todas las alumnas. Pero si no existieran valores absolutos y objetivos fuera de nosotros, solo podrías decir que tus valores subjetivos son diferentes de los míos, y nada más.

Sin embargo –continuó Kreeft–, no dices que no te gusta lo que yo hago, sino que es injusto. O sea, que, cuando desciendes a la práctica, sí crees en los valores absolutos.



No me impongas tu verdad

Los relativistas y los escépticos consideran que aceptar cualquier creencia es algo servil, una torpe esclavitud que coarta la libertad de pensamiento e impide una forma de pensar elevada e independiente.

Sin embargo –como decía C. S. Lewis–, aunque un hombre afirme no creer en la realidad del bien y del mal, le veremos contradecirse inmediatamente en la vida práctica. Por ejemplo, una persona puede no cumplir su palabra o no respetar lo acordado, arguyendo que no tiene importancia y que cada uno ha de organizar su vida sin pensar en teorías. Pero lo más probable es que no tarde mucho en argumentar, refiriéndose a otra persona, que es indigno que haya incumplido con él sus promesas.

Cuando los defensores del relativismo hablan en defensa de sus derechos, suelen desprenderse de todo su relativismo moral y condenar con rotundidad la objetiva inmoralidad de quien pretenda causarle daño. Y si alguien les roba la cartera, o les da una bofetada, lo más probable es que olviden su relativismo y aseguren –sin relativismo ninguno que eso está muy mal, diga lo que diga quien sea (sobre todo si lo dice el ladrón o agresor correspondiente). Porque si la palabra dada no tiene importancia, o si no existen cosas tales como el bien y el mal, o si no existe una ley natural, ¿cuál es la diferencia entre algo justo o injusto? ¿Acaso no se contradicen al mostrar que, digan lo que digan, en la vida práctica reconocen que hay una ley de la naturaleza humana?

El relativismo, al no tener una referencia clara a la verdad, lleva a la confusión global de lo que está bien y lo que está mal. Si se analizan con un poco de detalle sus argumentaciones, es fácil advertir –como explica Peter Kreeft– que casi todas suelen refutarse a sí mismas:

-- "La verdad no es universal" (¿excepto esta verdad?)

-- "Nadie puede conocer la verdad" (salvo tú, por lo que parece)

- "La verdad es incierta" (¿es incierto también lo que tú dices?)

- "Todas las generalizaciones son falsas" (¿esta también?)

- "No puedes ser dogmático" (con esta misma afirmación estás demostrando ser bastante dogmático)

- "No me impongas tu verdad" (tú me estás imponiendo ahora tus verdades)

- "No hay absolutos" (¿absolutamente?)

- "La verdad solo es opinión" (tu opinión, por lo que veo)

- Etcétera ad nauseam






Mirar hacia arriba.

Enrique Galván-Duque Tamborrel
octubre / 2005

Levanta la vista y con la mirada puesta en Dios, haz el bien, que es camino de la felicidad eterna. Iba un pequeño barco pesquero saliendo de la orilla del mar y ¡vaya movimiento que se siente en la pequeña embarcación!, se necesita ser muy del mar para no sentir el mareo y las ganas de bajarse y echar a correr.

La barquilla se movía graciosamente al ritmo de las olas, pero los marineros sufrían las consecuencias de aquel vaivén... uno de ellos recibió órdenes de subir a un mástil, y a medida que subía se sentía peor... el capitán de aquel barco le gritó: SI NO QUIERES SENTIRTE MAL, MIRA HACIA ARRIBA...

Que bien nos viene esta pequeña anécdota a todos los seres humanos: si no queremos marearnos con las cosas atractivas de éste mundo, debemos mirar hacia arriba, implorar al cielo que nos llene de deseos espirituales, que veamos claro que en la vida no sólo se vive para comprar cosas y satisfacernos en todo, para así estar contentos y felices; que muy por el contrario, las cosas que llenan plenamente la vida no se pueden comprar... porque no tienen precio.

Que bien nos haría en nuestra vida MIRAR HACIA ARRIBA y pedirle a Dios:

· Humildad para aceptar nuestra vida como es y conformarnos con lo que tenemos y con lo que somos, sin desear tener mucho...

· Que nos llene el alma de amor para poder vivir una vida digna, para poder darles momentos bellos a los demás...

· Ayuda para ser mejores, sencillos de corazón y vivir con alegría

· Aprender a dar amor y a darnos a los demás con verdadera entrega y desprendimiento, sin esperar recibir todo de ellos.

· Generosidad para compartir todo lo que El nos ha dado, como nuestros talentos y virtudes.

· Fortaleza para no apegarnos a las cosas materiales... a nada ni a nadie, porque:

Todo lo que tenemos en esta vida es prestado por Dios, porque al final nada nos llevaremos, solo las obras buenas y la alegría de haber vivido una vida llena de Dios. Eso es lo único que podemos llevarnos de este mundo.